Aprendiendo a abrazar una concepción integral del ser humano para restablecer nuestro equilibrio

Cuántas veces no he asistido y vivenciado en carne propia la dicotomía que se vive en nuestro país entre la llamada medicina llamada alopática u oficial y los enfoques alternativos.

Cuantas personas hemos caído en estados críticos de salud porque en nuestro país parece que continuamente tenemos que escoger entre un tipo de medicina, basada en estudios técnicos, y un tipo de sanación que reniega de los mismos, y se basa en otro tipo de estudios y tradiciones.

Parece como si proyectáramos una lucha interna entre nuestro hemisferio izquierdo racional y nuestro hemisferio derecho intuitivo. Cabe traer acá la angustia de quienes hemos sido padres y madres cuando la oferta de salud para nuestros hijos se presenta desintegrada y tenemos que optar por una u otra y asumir las consecuencias.

Me gusta que la respuesta sea un enfoque de terapias complementarias. 

En mi caso particular, tomar en serio mi currículum B, el camino de búsqueda espiritual y las prácticas aprendidas que no venían de tradiciones fundamentadas en el método científico, fue un parto. 

Por un lado, pertenecer a una familia con varios miembros ligados a las ciencias biológicas, en la cual las posturas serias y responsables han provenido siempre de estudios validados oficialmente. Por otro, ser una profesional de una disciplina social, teórico práctica, comprometida en los procesos históricos y la cotidianeidad de las personas, que ha luchado consistentemente por lograr un respeto en los ámbitos académicos, que además ha abrazado el paradigma racionalista por ideología, me ponía aún más insegura de definirme públicamente como una trabajadora social que facilita prácticas de sanación tan sutiles e indefinibles como el Reiki, los Registros Akásicos y las Constelaciones Familiares. 

Tuve que pasar por un magíster, donde indagaría a través de mi investigación cómo otros y otras colegas tomaban la dimensión espiritual al intervenir en las experiencias traumáticas de otras personas, para así reconocer que esto lo estábamos haciendo como personas, pero que, como profesionales, estábamos invisibilizando o menospreciando la dimensión espiritual del ser humano, en los otros y en nosotros. 

Esta es la dimensión que quiero invitar a revisitar en los procesos que vivimos todos los días. En nuestro conflicto interno, en ese problema de relaciones con la pareja, con la naturaleza, en esa discusión entre los niños, en ese bloqueo… ¿Estamos mirando la dimensión, la variable espiritual?, ¿Qué parte del ser humano estamos mirando?, ¿Creemos realmente, lo hemos comprobado, que las personas somos sólo seres corpóreos, racionales y emotivos? Y si no es así, si las diversas culturas nos hacen reconocer que la dimensión espiritual es importante para el ser humano, si muchos hemos experimentado vivencias sutiles y trascendentes con la naturaleza, en medio de una comunidad, en ese abismo puro de la conciencia ¿Por qué no estamos incorporando esta dimensión cuando queremos restablecer nuestra salud, nuestro equilibrio y el de otros?

Hay una reflexión circulando por las redes sobre que la mente intuitiva es el señor y la mente racional el sirviente y que estamos en una cultura en la cual los roles están invertidos. Puede tratarse de algo así, o puede ser que simplemente se trate de hermanos que, en la medida que van de la mano, nos permiten estar mejor y ser más felices.

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