
Cuando nos preguntamos acerca de la prosperidad en nuestra vida, generalmente lo hacemos desde un estado de carencia (el cinco de oros para aquellos que saben de Tarot), es decir nos preguntamos por qué no tenemos esto o aquello, sea algo material como dinero o algo de orden más inmaterial como un trabajo, una relación de pareja o paz y armonía personal inclusive.
Generalmente este juicio de no tener lo deseado viene acompañado de sensaciones desagradables y algo humillantes de desvalimiento, de no merecimiento, de injusticia, de envidia respecto de otros que sí tienen eso que deseamos.
Me parece clave comprender que la prosperidad, en tanto se relaciona con necesidades que percibimos como insatisfechas no es solo un estado del tener o no tener algo, sino un estado del ser, del estar y del hacer.* En este sentido, si queremos relacionarnos con la prosperidad de otra manera necesitamos reflexionar y vivenciar no solo desde el tener.
El hacer tiene que ver a mi juicio con dos situaciones que comparto a menudo con mis consultantes:
¿Estas sin trabajo? Sal al mundo y realiza horas voluntarias en lo tuyo. Es más, probable que te encuentres con gente de tu área o que necesita lo que tú haces. Es probable que salgas de la parálisis y la desmotivación.
Esto de movilizarse, del hacer, también tiene directa relación con el dinero. En un tiempo que estuve muy escasa del mismo, una amiga mía, sobreviviente de penurias en la infancia, pero que siempre es muy abundantemente en lo material, me dijo:
“Vicky, cuando estés mal de platas, nunca ratonées 1.500 pesos (escamotees 2 dólares) para ir y tomarte un café con una amiga. El dinero debe mantenerse en movimiento.” Yo iría más allá, me da pudor decirlo, pero ya estoy sana con el tema del dinero para decirlo: El dinero es como el amor, solo adquiere un sentido cuando está en movimiento.
La prosperidad en relación a un estar próspero me lleva a recoger el aporte de tantos que nos invitan a permanecer en el momento presente sin cuestionarlo, al “hacer limonadas porque la vida me da limones”, a no vivir las relaciones o los trabajos “pidiéndole peras al olmo”, (me encantan los refranes populares son tan sabios).
Desde el ser próspero, se me ocurren varias preguntas ¿Me reconozco a mí mismo a mi misma como un ser único e irrepetible, una conjunción totalmente improbable de un espermio y un óvulo que en particulares circunstancias por alegres o dolorosas que sean constituyeron mi ser?, ¿Derivo de ello que el universo como un Todo, Dios o como queramos llamarlo, ¿en ese instante me sostuvo y me contuvo? ¿Reconozco que de todas las maneras posibles pude llegar hasta aquí y por lo tanto es posible confiar en que podré seguir estando? Pongámonos prácticos mejor ¿De qué me sirve sostener la creencia de que soy producto del azar, que no me merezco nada, de que mi vida no tiene ningún sentido? Claramente esa actitud no me coloca en una posición adecuada desde el ser en relación a mi prosperidad.
Vivir prósperamente, supone necesariamente distinguir entre aquello que creemos que satisface nuestra necesidad porque así lo ha enseñado nuestra familia, nuestra cultura de aquello que realmente la satisface. En este sentido muchas veces nuestra relación con la prosperidad y nuestra personal sensación de ser exitosos en la vida pasa por ejemplo por reconocer nuestras verdaderas necesidades, lo importante y separarlo de aquello que la sociedad consumista y hedonista nos exige y nos promueve y uso estos términos porque como dice Covey en el lecho de muerte nadie se lamenta porque no hice más dinero, trabajé más o no tuve más bienes sino por qué no le di más tiempo a mis amigos, a mi familia a estar conmigo, a disfrutar de la vida.
Cabe preguntarse entonces volviendo a la imagen arquetípica del cinco de oros si no estamos comportándonos como méndigos entumidos fuera de una catedral encendida, lamentándonos de aquello que no tenemos, cuando vasta con girar la vista para ver los tesoros gratuitos disponibles para sentirnos contenidos y abrazar nuestra prosperidad y felicidad.
*Para esta reflexión tomo el aporte de la Matriz de Necesidades de nuestros teóricos chilenos Manfred Max Neef, Martín Hopenhayn y Antonio Elizalde.
