WALÜM, verano, abundancia, época de cosechas, de frutos, de aves y animales.
Que importante y necesario es reconectarnos con la tierra, la naturaleza y sus ciclos. Podemos comenzar a hacerlo desde afuera hacia adentro.
Tengamos la posibilidad de viajar o no, contemplemos como todo afuera está en su máxima expresión, los días luminosos y largos, variedad de frutos en las ferias y en los campos, muchos animales pequeños dando vuelta alrededor.
Miremos entonces hacia adentro y conectémonos con las cosechas internas de este ciclo recién pasado. Desde el verano pasado hasta ahora ¿Qué he aprendido?, ¿Qué he logrado?, ¿por cuál camino ya no transito más?
A veces una tiene aprendizajes recursivos, le da por mucho tiempo con un tema. Sin embargo, si uno observa atentamente el proceso, descubre que es como una espiral ascendente, en la cual uno vuelve a tocar ese dolor, esa insatisfacción, ese obstáculo, pero ya desde otro nivel. Como nos han enseñado a mirar lo que falta en las situaciones, las cosas y en nosotros mismos, no vemos ni valoramos esos pequeños e irreversibles cambios en el modo como abrazamos nuestra vida y enfrentamos nuestros desafíos. Entonces, esa es la invitación: Mirar el atardecer de uno de estos días y tocar imaginariamente esos frutos que emergieron de toda la energía que les puse este año y saborearlos por pequeños que sean, porque son hermosos y son definitivos.
Cuando nos preguntamos acerca de la prosperidad en nuestra vida, generalmente lo hacemos desde un estado de carencia (el cinco de oros para aquellos que saben de Tarot), es decir nos preguntamos por qué no tenemos esto o aquello, sea algo material como dinero o algo de orden más inmaterial como un trabajo, una relación de pareja o paz y armonía personal inclusive.
Generalmente este juicio de no tener lo deseado viene acompañado de sensaciones desagradables y algo humillantes de desvalimiento, de no merecimiento, de injusticia, de envidia respecto de otros que sí tienen eso que deseamos.
Me parece clave comprender que la prosperidad, en tanto se relaciona con necesidades que percibimos como insatisfechas no es solo un estado del tener o no tener algo, sino un estado del ser, del estar y del hacer.* En este sentido, si queremos relacionarnos con la prosperidad de otra manera necesitamos reflexionar y vivenciar no solo desde el tener.
El hacer tiene que ver a mi juicio con dos situaciones que comparto a menudo con mis consultantes:
¿Estas sin trabajo? Sal al mundo y realiza horas voluntarias en lo tuyo. Es más, probable que te encuentres con gente de tu área o que necesita lo que tú haces. Es probable que salgas de la parálisis y la desmotivación.
Esto de movilizarse, del hacer, también tiene directa relación con el dinero. En un tiempo que estuve muy escasa del mismo, una amiga mía, sobreviviente de penurias en la infancia, pero que siempre es muy abundantemente en lo material, me dijo:
“Vicky, cuando estés mal de platas, nunca ratonées 1.500 pesos (escamotees 2 dólares) para ir y tomarte un café con una amiga. El dinero debe mantenerse en movimiento.” Yo iría más allá, me da pudor decirlo, pero ya estoy sana con el tema del dinero para decirlo: El dinero es como el amor, solo adquiere un sentido cuando está en movimiento.
La prosperidad en relación a un estar próspero me lleva a recoger el aporte de tantos que nos invitan a permanecer en el momento presente sin cuestionarlo, al “hacer limonadas porque la vida me da limones”, a no vivir las relaciones o los trabajos “pidiéndole peras al olmo”, (me encantan los refranes populares son tan sabios).
Desde el ser próspero, se me ocurren varias preguntas ¿Me reconozco a mí mismo a mi misma como un ser único e irrepetible, una conjunción totalmente improbable de un espermio y un óvulo que en particulares circunstancias por alegres o dolorosas que sean constituyeron mi ser?, ¿Derivo de ello que el universo como un Todo, Dios o como queramos llamarlo, ¿en ese instante me sostuvo y me contuvo? ¿Reconozco que de todas las maneras posibles pude llegar hasta aquí y por lo tanto es posible confiar en que podré seguir estando? Pongámonos prácticos mejor ¿De qué me sirve sostener la creencia de que soy producto del azar, que no me merezco nada, de que mi vida no tiene ningún sentido? Claramente esa actitud no me coloca en una posición adecuada desde el ser en relación a mi prosperidad.
Vivir prósperamente, supone necesariamente distinguir entre aquello que creemos que satisface nuestra necesidad porque así lo ha enseñado nuestra familia, nuestra cultura de aquello que realmente la satisface. En este sentido muchas veces nuestra relación con la prosperidad y nuestra personal sensación de ser exitosos en la vida pasa por ejemplo por reconocer nuestras verdaderas necesidades, lo importante y separarlo de aquello que la sociedad consumista y hedonista nos exige y nos promueve y uso estos términos porque como dice Covey en el lecho de muerte nadie se lamenta porque no hice más dinero, trabajé más o no tuve más bienes sino por qué no le di más tiempo a mis amigos, a mi familia a estar conmigo, a disfrutar de la vida.
Cabe preguntarse entonces volviendo a la imagen arquetípica del cinco de oros si no estamos comportándonos como méndigos entumidos fuera de una catedral encendida, lamentándonos de aquello que no tenemos, cuando vasta con girar la vista para ver los tesoros gratuitos disponibles para sentirnos contenidos y abrazar nuestra prosperidad y felicidad.
*Para esta reflexión tomo el aporte de la Matriz de Necesidades de nuestros teóricos chilenos Manfred Max Neef, Martín Hopenhayn y Antonio Elizalde.
Cuántas veces no he asistido y vivenciado en carne propia la dicotomía que se vive en nuestro país entre la llamada medicina llamada alopática u oficial y los enfoques alternativos.
Cuantas personas hemos caído en estados críticos de salud porque en nuestro país parece que continuamente tenemos que escoger entre un tipo de medicina, basada en estudios técnicos, y un tipo de sanación que reniega de los mismos, y se basa en otro tipo de estudios y tradiciones.
Parece como si proyectáramos una lucha interna entre nuestro hemisferio izquierdo racional y nuestro hemisferio derecho intuitivo. Cabe traer acá la angustia de quienes hemos sido padres y madres cuando la oferta de salud para nuestros hijos se presenta desintegrada y tenemos que optar por una u otra y asumir las consecuencias.
Me gusta que la respuesta sea un enfoque de terapias complementarias.
En mi caso particular, tomar en serio mi currículum B, el camino de búsqueda espiritual y las prácticas aprendidas que no venían de tradiciones fundamentadas en el método científico, fue un parto.
Por un lado, pertenecer a una familia con varios miembros ligados a las ciencias biológicas, en la cual las posturas serias y responsables han provenido siempre de estudios validados oficialmente. Por otro, ser una profesional de una disciplina social, teórico práctica, comprometida en los procesos históricos y la cotidianeidad de las personas, que ha luchado consistentemente por lograr un respeto en los ámbitos académicos, que además ha abrazado el paradigma racionalista por ideología, me ponía aún más insegura de definirme públicamente como una trabajadora social que facilita prácticas de sanación tan sutiles e indefinibles como el Reiki, los Registros Akásicos y las Constelaciones Familiares.
Tuve que pasar por un magíster, donde indagaría a través de mi investigación cómo otros y otras colegas tomaban la dimensión espiritual al intervenir en las experiencias traumáticas de otras personas, para así reconocer que esto lo estábamos haciendo como personas, pero que, como profesionales, estábamos invisibilizando o menospreciando la dimensión espiritual del ser humano, en los otros y en nosotros.
Esta es la dimensión que quiero invitar a revisitar en los procesos que vivimos todos los días. En nuestro conflicto interno, en ese problema de relaciones con la pareja, con la naturaleza, en esa discusión entre los niños, en ese bloqueo… ¿Estamos mirando la dimensión, la variable espiritual?, ¿Qué parte del ser humano estamos mirando?, ¿Creemos realmente, lo hemos comprobado, que las personas somos sólo seres corpóreos, racionales y emotivos? Y si no es así, si las diversas culturas nos hacen reconocer que la dimensión espiritual es importante para el ser humano, si muchos hemos experimentado vivencias sutiles y trascendentes con la naturaleza, en medio de una comunidad, en ese abismo puro de la conciencia ¿Por qué no estamos incorporando esta dimensión cuando queremos restablecer nuestra salud, nuestro equilibrio y el de otros?
Hay una reflexión circulando por las redes sobre que la mente intuitiva es el señor y la mente racional el sirviente y que estamos en una cultura en la cual los roles están invertidos. Puede tratarse de algo así, o puede ser que simplemente se trate de hermanos que, en la medida que van de la mano, nos permiten estar mejor y ser más felices.